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Q.E.P.D. La tecnología: La historia de un cementerio de reliquias electrónicas

Su taller de reparación de aparatos eléctricos ya parece un cementerio: esqueletos de televisores en blanco y negro, cables que trepan entre lustradoras oxidadas, un tocadiscos portátil, tubos al vacío, transistores, radios de madera abandonadas en viejos anaqueles con arañas. El siglo XX y sus artefactos.

Un día de fines de los ochenta un muchacho llamó a la puerta del taller. Traía consigo dos pesados parlantes de casi un metro de altura, enchapados en madera, envejecidos y achacosos. Habían pertenecido a los padres del muchacho y animado sus fiestas familiares durante años pero, al morir sus dueños, fueron ganados por el desuso y terminaron desterrados en un rincón de la sala, cubiertos con un mantel y reencarnados en mesas para adornos. Pulido recuerda el diagnóstico: cambiar dos repuestos y un servicio de mantenimiento de rutina. El muchacho pagó por adelantado y exigió especial cuidado con la herencia. Pulido le entregó un comprobante de papel. El cliente debía volver la semana siguiente.

El día convenido, los parlantes esperaban junto a la puerta del taller. Pero el muchacho no llegó esa vez. No lo hizo la tarde siguiente, ni una semana después, tampoco el resto de aquel año. Quince años más tarde, Percy, el hijo y ayudante de Pulido, atendió a un hombre maduro que, con un comprobante en la mano, había llegado a recoger sus antiguos parlantes de madera. ¿Dónde estaban? El cliente levantó televisores, movió enormes radiolas, desordenó cables. Media hora después los encontró. Estaban ocultos bajo un amplificador. Habían envejecido, pero al hombre no parecía importarle mucho. Tranquilo, salió del taller. «En unos días regreso por ellos», recuerda Percy Pulido que le dijo ese extraño cliente antes de perderse al final de esa calle de casonas viejas donde aún funciona el taller de su padre. El cliente nunca más volvió.

Casi nadie vuelve. En la vida de José Santos Pulido aquel episodio es rutina laboral: los clientes llegan con sus reliquias electrónicas, le piden que los repare con cuidado, pero no regresan más. Ni una llamada. Ni una visita. Así pasan muchos años. Así su taller se ha convertido en el asilo de esos trastos de silicio, plástico y madera que ya sólo servirían para describir el pasado. La tecnología también muere. Y Pulido, técnico electricista, esposo de una mujer de casi ochenta años que lo espera cada tarde con el almuerzo caliente, rostro de abuelo disciplinado, memoria prodigiosa para recordar a los clientes, acude a su taller cada mañana para envejecer junto a esos aparatos a los que ya sólo puede brindarles compañía.

Percy Pulido, su hijo, recuerda que una vez su padre enfermó de gravedad. Un vecino corrió la noticia por todo el barrio. Dos días después, el taller estaba lleno de clientes que intentaban recuperar sus aparatos abandonados. Días más tarde, José Santos Pulido, que es un hombre fuerte, regresó sano al trabajo y sus clientes, al saberlo, volvieron a confiarle «la reparación» de sus reliquias.

Pulido viste un pantalón gris, un suéter grueso y una boina, y pasea por un rincón de su taller. Entonces, como un viejo guardián habituado a las sorpresas de la memoria, señala: «Televisor marca Sony con proyección en blanco y negro. Lo dejó un general del Ejército en 1988. Problemas con el encendido y el apagado. Además, la imagen se había deteriorado y había que regularle el brillo».

Varios años después –recuerda– leyó en un diario que aquel militar había muerto. Sin embargo, él sigue guardando el televisor de aquel cliente imposible por una sencilla razón: «El artefacto ya está reparado».

Y éste parece un credo de honestidad profesional.

Entre su involuntaria colección, destaca un radio de color rosado. Pulido lo toma como si cogiera una mascota y recuerda los problemas que le causó a finales de los años setenta. Entonces él tenía un cliente que le daba mucho trabajo. Siempre pagaba con puntualidad. Un día ese hombre llevó consigo aquel radio portátil, le dijo que era de su novia y le pidió que lo reparase cuanto antes. Pulido hizo el trabajo para el día siguiente (sólo había que cambiar las baterías), pero el cliente tardó veinte años en llegar. Cuando lo hizo, ya no era ese joven amable que Pulido recordaba con cariño, sino un viejo barrigón, con la ropa desgastada, y esgrimía un comprobante de papel amarillento con el que exigía su radio de vuelta. Pulido lo buscó entre los estantes. Pero, debido a la humedad de la ciudad, el aparato se había quedado pegado a la pared, como un ladrillo más. El cliente, furioso, denunció a Pulido en la comisaría del distrito. El pleito y los interrogatorios duraron varias semanas. «Al final me dieron la razón –dice ahora acariciando el aparato de la discordia–. Incluso el comisario me dijo que debía cobrarle a ese cliente por los años en que mi taller le sirvió como depósito».

Por supuesto, aquel cliente no volvió. Pulido tampoco intentó cobrarle. Su trabajo de años –dice– sólo ha consistido en reparar los artefactos eléctricos. Ésa fue su profesión.

Fuente: Revista Etiqueta Negra
Un texto de Paola Dongo | Fotografía de Herman Schwarz

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